Archivo de la categoría: Espiritualidad

Soy

Una mariposa grande…no?
Vale!…

No me adhiero, no me opongo, yo supongo
que no existen absolutos
si en tu mano soy grandioso y diminuto

No te quiero, si no quieres, no hay deberes
hay amor y hay ilusiones
no estas vivo si sólo hay obligaciones
no hago caso a los que atacan
porque nunca están en calma
y no hago más que disfrutar de lo que doy
y me gusta tanto, tanto lo que soy

Y es que soy parte de ti
parte del mar, parte del manantial
parte del bien, parte del mal
parte de todo lo que hay…(Que hay)

No me espero, no me aguanto, me adelanto
donde nadie se ha metido
ni el temor ni el desamor me han detenido
si tropiezas no me río
si confío, aunque a veces me arrepienta
sonreír es una luz que me alimenta
me estremezco si me abrazas
cada amigo es una casa
con ventanas para ver en donde estoy
y me gusta tanto, tanto lo que soy

Y es que soy parte de ti
parte del mar, parte del manantial
parte del bien, parte del mal
parte de todo lo que hay

Y es que soy parte de ti
parte del mar, parte del manantial
parte del bien, parte del mal
parte de todo lo que hay
parte de ti, parte del mar
parte del manantial
parte del bien, parte del mal
parte de todo lo que hay

No me adhiero, no me opongo, yo supongo
que no existen absolutos.. (Absolutos)

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Morir solo es morir.

Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huída
y entendió que la muerte ya no estaba.
Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
 y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura
José Luis Martín Descalzo

Micro-relato de una paz sencilla

Caminaba acariciando con su mirada todo cuanto miraba. Sus pasos eran suavemente firmes, como si sus pies fueran conscientes de la sacralidad de la tierra. Su ritmo ni apresurado ni indolente. Caminaba con todos, entre todos, una más.

El suave sol de un tardío verano insuflaba vigor a sus huesos, calor a su piel e internamente lo agradecía.

Un alegría delicada, carente de alharacas, latía en su alma. A pesar de todo o, mejor dicho, gracias a todo, estaba en paz. “Está bien que todo sea como es”, tal era la frase que resonaba sin palabras en su corazón.

El cansancio físico y la fatiga mental, las diferentes fuentes de preocupación; familia, trabajo, amigos, eran a la vez fuente de gratificaciones y alegrías, “lugares” de encuentro con la Vida.

“Todo está bien, es bueno que todo sea como es”. Abrió la puerta de su casa. Era hora de hacer la comida.

Fuente: Regreso a Casa.

Oración del Alfarero

Toma mi barro otra vez, alfarero,

recógeme con tus manos que vengo roto
y no puedo tocar con las mías tu cuerpo.
Álzame de nuevo en tu torno, alfarero,
que traigo mi gesto sin vida;
y tengo necesidad de tu gesto.
Recréame con tus dedos,
aliéntame con tu aliento;
pon en mi carne tu fuego.
Mete tu mano en mi entraña, forma mi cuenco,
un cuenco frágil, pequeño,
donde solamente quepa un corazón bueno.
Hazme otra vez, alfarero.

Educar el corazón, educar la interioridad.

Por encima de todo cuidado, guarda tu corazón. Porque de él brotan las fuentes de la vida. (Prov 4,23)

 Vivimos en un mundo volcado hacia la experiencia cuantitativa, en el que se valora más la cantidad de vivencias que la calidad o intensidad significativa de las mismas. Rodeados de unos estímulos externos, cada vez más seductores y poderosos, nos dejamos llevar frecuentemente por la dispersión y la banalidad. Este exceso de estímulos, la ausencia de silencio y los ritmos vertiginosos de nuestras vidas impiden la escucha y el diálogo interior. Pero, simultáneamente, estamos asistiendo a la emergencia social de movimientos y formas de vida que inician caminos de búsqueda espiritual y de interioridad. Desde hace años van apareciendo diversas ofertas de atención a estas dimensiones de la persona. Son itinerarios de profundización que parten de distintos contextos: desde algunas corrientes psicológicas y terapias alternativas, desde las prácticas orientales y desde el redescubrimiento de la tradición cristiana.

Ante esta situación, el reto del profesor de Religión “está en entrar como San Pablo en el areópago de Atenas y saber reconocer las brechas que conducen hacia el Dios desconocido (Hech 17, 22-28), tratando de ofrecer pautas, instrumentos para que cada cual, desde donde esté, pueda recorrer el camino que le conduzca hacia una Interioridad lúcida y transformadora[1] Tenemos que prepararnos para ser capaces de identificar dónde se encuentra cada alumno, cada grupo para, desde donde están, ayudarles a ir dando pasos, consolidando prácticas, procesos y aperturas. Debemos hacer de la Clase de Religión un espacio de transformación y no sólo de información. Con otras palabras, que encontremos los medios para que seamos capaces de hacer llegar la información de la cabeza al corazón. Para ello habrá que buscar un proceso de interiorización significativo y asequible a nuestros alumnos.

No pretendemos, con esta propuesta, iniciar otra línea de trabajo, ni añadir nuevos recursos a un mundo ya tan saturado como el de la educación. Si no que, más bien, compartimos el planteamiento de obrar “a partir de lo que hacemos pero con un hacer diferente”[2], con otro tipo de ritmos, generando espacios y tiempos de silencio que permitan a nuestros alumnos asimilar e interiorizar las impresiones, las informaciones, los impactos que reciben para que no se pierdan en el olvido.

El fundamento y desarrollo de esta propuesta emana de la propia antropología cristiana. Hacer accesible esta visión del ser humano a los alumnos de todas las edades ha sido siempre una tarea preferente para el profesor de Religión. Lo que proponemos es que no nos conformemos con hacer entender el concepto cristiano de persona, sino conseguir que este conocimiento se haga experiencia viva, primero en nosotros y después en nuestros alumnos.

Desde hace tiempo utilizamos esquemas de este tipo para presentar de manera sencilla la unidad armónica de las dimensiones constitutivas de la persona.  Este gráfico también nos permite ver las etapas del proceso de interiorización, que va desde la capa exterior (cuerpo) hacia lo más profundo, hacia “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios” (GS, 16).

El espíritu del hombre –esa semilla de divinidad que hay oculta en él- no puede desvelarse ni despertarse por sí misma. Pero sí que es tarea suya prepararse para tal desvelamiento[3] Hay diferentes maneras de entender y acceder a la dimensión interior de las personas. La educación de la interioridad en la Clase de Religión se desarrolla desde la clave evangélica.

La nuestra es una doble tarea marcada por dos términos constitutivos de la acción educativa: educare y educere.[4]

  1. Educare (guiar, alimentar): Nuestro primer cometido es acompañar a nuestros alumnos en el recorrido hacia su interioridad, un camino al que no le faltan peligros y obstáculos. “Al final, nosotros nos detendremos justamente en el umbral que da paso al Debir –Santo de los Santos, lugar oculto donde mora Dios-, porque el adentramiento en ese lugar interior es pura gracia, don de Dios. Sin embargo, hasta ese momento, podemos ayudar a generar las condiciones interiores que posibiliten la experiencia de Dios, objetivo último de la educación de la interioridad[5].
  2. Educere (hacer salir, sacar de dentro): La educación de la interioridad no es un fin que se agota en sí mismo, sino que tiene una proyección y un desarrollo exterior. Con esta acción educativa de atención a la interioridad, aportamos las condiciones para que los chicos y chicas, que vienen a nuestras clases, sean capaces de vivirse cada vez más en coherencia con su propio ser, impidiendo así que sus vidas sean dominadas por dinamismos inconscientes. Les ayuda a descubrir sus recursos interiores, su potencial, y así ofrecer lo mejor de sí mismos a los demás. Toda educación de la interioridad ha de favorecer que se desplieguen capacidades desconocidas y bloqueadas, que conducen al compromiso social. “Compromiso que brota espontáneo en cuanto la persona conecta con ese ‘núcleo profundo’ de su identidad, precisamente porque ese núcleo es ‘donación’.”[6]

Esta doble tarea representa, acompaña y educa el movimiento y respiración vital de todo ser, que consiste en reconcentrarse para irradiar[7]Atender a nuestro interior es estar en contacto con nuestro propio centro, nuestro eje vital y punto nutricio. Es un despertar y descubrir que todos tenemos un tesoro, un potencial y una fuerza interior para gestionar positivamente las situaciones de la vida. “Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4,7). Es, además, la respuesta a una necesidad fundamental que todos los seres humanos tenemos: el conocimiento personal. Este conocimiento nos faculta para escucharnos, integrando nuestras luces y nuestras sombras; para escuchar la Naturaleza, viviéndola y respetándola; para escuchar a los demás, acogiéndoles en nuestro ser; y para desarrollar, a través de este camino de tres direcciones, nuestra sensibilidad hacia el Misterio, entendiéndolo como elemento fundante.

La atención al mundo interior de los alumnos es necesaria conducirla desde muchos ámbitos y desde todas las áreas, en este contexto es donde ubicamos las iniciativas pedagógicas que proponemos para desarrollar esta dimensión de la persona, en la Clase de Religión.

El primer paso para llevar a cabo la práctica de la interioridad es la propia formación del profesor, para que tome conciencia de su propia interioridad y sea capaz de hacer algo que lleva y le sale del corazón.

El segundo, es establecer tiempos y espacios para llevarla a cabo. Lo ideal sería que éste fuese un objetivo compartido por la mayoría de la comunidad educativa de los centros -en muchos colegios católicos ya comienza a serlo- para que no se identificase el trabajo en interioridad con tan sólo un profesor o una asignatura. Pero la realidad de los centros es muy variada y no siempre es sensible a estos procesos de interioridad. Aún así, aunque la nuestra sea una iniciativa minoritaria, casi individual, merece la pena lanzarse a la aventura y llegar a crear hábitos diarios de silenciamiento, así como propiciar un espacio especial de recogimiento que facilite el acceso a la interioridad.

El tercer paso es implementar métodos de silenciamiento que permitan a nuestros alumnos alcanzar ese silencio que unifica y regenera su ser. Para alcanzar el silencio exterior e interior encontramos algunas técnicas de relajación, de respiración, de consciencia corporal, de educación de los sentidos (imágenes, música, mantras) y el gran recurso de los textos sagrados.

El cuarto paso es ritualizar los hábitos de interiorización anteriores y animar a que nuestros alumnos los introduzcan en sus vidas cotidianas. Experimentarán que este proceso puede llegar a transformar sus vidas.

Saber ver

Una vez un maestro estaba dando clase a sus alumnos. Aquella mañana quería ofrecerles una lección distinta a las que vienen en los libros. Después de pensar un poco ideó la siguiente enseñanza:  Hizo una mancha de tinta china en un folio blanco de papel. Reclamó la atención de los alumnos y alumnas y les preguntó:—¿Qué veis?—Una mancha negra— respondieron a coro.—Os habéis fijado todos y todas en la mancha negra que es pequeña —replicó el maestro— y nadie ha visto el gran folio blanco que es mucho mayor.

Nivel de la mente transpersonal.

Es el nivel en el que tiene lugar la
auténtica experiencia mística: la experiencia
del vacío, de la “divinidad” sin atributos.
Es el nivel del que todo proviene, “el ser
desnudo”, no es un ser que tenga sustancia
alguna…la experiencia mística es la
experiencia de que Forma y Vacío son uno,
la vivencia de unidad de la propia identidad
con la realidad primera. Quien hace esta
experiencia será después una persona 
diferente. Sus ideas religiosas habrán
cambiado.
En cierto modo la consumación de este paso
significa morir, por lo que en la tradición de
los místicos se habla de “la muerte del yo”.
No se trata de eliminar el ego y luchar contra
él. Tan sólo de mostrarle sus límites y darle
la importancia que le corresponde: el ego
es un centro de organización para la
estructura personal de cada individuo.
Este centro resulta imprescindible para
nuestra vida, nos convierte en seres humanos,
y esto es algo que se sobreentiende en la
mística. Gracias a la experiencia mística  la
persona ya no se identifica con ese “yo” 
superficial y, en consecuencia, queda libre
para experimentar una realidad en la que el
ego deja de ser un factor dominante.

-Willigis Jäger. (La ola es el mar)

http://regina-libera.blogspot.com.es/2012/04/nivel-de-la-mente-transpersonal.html