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Educar el corazón, educar la interioridad.

Por encima de todo cuidado, guarda tu corazón. Porque de él brotan las fuentes de la vida. (Prov 4,23)

 Vivimos en un mundo volcado hacia la experiencia cuantitativa, en el que se valora más la cantidad de vivencias que la calidad o intensidad significativa de las mismas. Rodeados de unos estímulos externos, cada vez más seductores y poderosos, nos dejamos llevar frecuentemente por la dispersión y la banalidad. Este exceso de estímulos, la ausencia de silencio y los ritmos vertiginosos de nuestras vidas impiden la escucha y el diálogo interior. Pero, simultáneamente, estamos asistiendo a la emergencia social de movimientos y formas de vida que inician caminos de búsqueda espiritual y de interioridad. Desde hace años van apareciendo diversas ofertas de atención a estas dimensiones de la persona. Son itinerarios de profundización que parten de distintos contextos: desde algunas corrientes psicológicas y terapias alternativas, desde las prácticas orientales y desde el redescubrimiento de la tradición cristiana.

Ante esta situación, el reto del profesor de Religión “está en entrar como San Pablo en el areópago de Atenas y saber reconocer las brechas que conducen hacia el Dios desconocido (Hech 17, 22-28), tratando de ofrecer pautas, instrumentos para que cada cual, desde donde esté, pueda recorrer el camino que le conduzca hacia una Interioridad lúcida y transformadora[1] Tenemos que prepararnos para ser capaces de identificar dónde se encuentra cada alumno, cada grupo para, desde donde están, ayudarles a ir dando pasos, consolidando prácticas, procesos y aperturas. Debemos hacer de la Clase de Religión un espacio de transformación y no sólo de información. Con otras palabras, que encontremos los medios para que seamos capaces de hacer llegar la información de la cabeza al corazón. Para ello habrá que buscar un proceso de interiorización significativo y asequible a nuestros alumnos.

No pretendemos, con esta propuesta, iniciar otra línea de trabajo, ni añadir nuevos recursos a un mundo ya tan saturado como el de la educación. Si no que, más bien, compartimos el planteamiento de obrar “a partir de lo que hacemos pero con un hacer diferente”[2], con otro tipo de ritmos, generando espacios y tiempos de silencio que permitan a nuestros alumnos asimilar e interiorizar las impresiones, las informaciones, los impactos que reciben para que no se pierdan en el olvido.

El fundamento y desarrollo de esta propuesta emana de la propia antropología cristiana. Hacer accesible esta visión del ser humano a los alumnos de todas las edades ha sido siempre una tarea preferente para el profesor de Religión. Lo que proponemos es que no nos conformemos con hacer entender el concepto cristiano de persona, sino conseguir que este conocimiento se haga experiencia viva, primero en nosotros y después en nuestros alumnos.

Desde hace tiempo utilizamos esquemas de este tipo para presentar de manera sencilla la unidad armónica de las dimensiones constitutivas de la persona.  Este gráfico también nos permite ver las etapas del proceso de interiorización, que va desde la capa exterior (cuerpo) hacia lo más profundo, hacia “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios” (GS, 16).

El espíritu del hombre –esa semilla de divinidad que hay oculta en él- no puede desvelarse ni despertarse por sí misma. Pero sí que es tarea suya prepararse para tal desvelamiento[3] Hay diferentes maneras de entender y acceder a la dimensión interior de las personas. La educación de la interioridad en la Clase de Religión se desarrolla desde la clave evangélica.

La nuestra es una doble tarea marcada por dos términos constitutivos de la acción educativa: educare y educere.[4]

  1. Educare (guiar, alimentar): Nuestro primer cometido es acompañar a nuestros alumnos en el recorrido hacia su interioridad, un camino al que no le faltan peligros y obstáculos. “Al final, nosotros nos detendremos justamente en el umbral que da paso al Debir –Santo de los Santos, lugar oculto donde mora Dios-, porque el adentramiento en ese lugar interior es pura gracia, don de Dios. Sin embargo, hasta ese momento, podemos ayudar a generar las condiciones interiores que posibiliten la experiencia de Dios, objetivo último de la educación de la interioridad[5].
  2. Educere (hacer salir, sacar de dentro): La educación de la interioridad no es un fin que se agota en sí mismo, sino que tiene una proyección y un desarrollo exterior. Con esta acción educativa de atención a la interioridad, aportamos las condiciones para que los chicos y chicas, que vienen a nuestras clases, sean capaces de vivirse cada vez más en coherencia con su propio ser, impidiendo así que sus vidas sean dominadas por dinamismos inconscientes. Les ayuda a descubrir sus recursos interiores, su potencial, y así ofrecer lo mejor de sí mismos a los demás. Toda educación de la interioridad ha de favorecer que se desplieguen capacidades desconocidas y bloqueadas, que conducen al compromiso social. “Compromiso que brota espontáneo en cuanto la persona conecta con ese ‘núcleo profundo’ de su identidad, precisamente porque ese núcleo es ‘donación’.”[6]

Esta doble tarea representa, acompaña y educa el movimiento y respiración vital de todo ser, que consiste en reconcentrarse para irradiar[7]Atender a nuestro interior es estar en contacto con nuestro propio centro, nuestro eje vital y punto nutricio. Es un despertar y descubrir que todos tenemos un tesoro, un potencial y una fuerza interior para gestionar positivamente las situaciones de la vida. “Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4,7). Es, además, la respuesta a una necesidad fundamental que todos los seres humanos tenemos: el conocimiento personal. Este conocimiento nos faculta para escucharnos, integrando nuestras luces y nuestras sombras; para escuchar la Naturaleza, viviéndola y respetándola; para escuchar a los demás, acogiéndoles en nuestro ser; y para desarrollar, a través de este camino de tres direcciones, nuestra sensibilidad hacia el Misterio, entendiéndolo como elemento fundante.

La atención al mundo interior de los alumnos es necesaria conducirla desde muchos ámbitos y desde todas las áreas, en este contexto es donde ubicamos las iniciativas pedagógicas que proponemos para desarrollar esta dimensión de la persona, en la Clase de Religión.

El primer paso para llevar a cabo la práctica de la interioridad es la propia formación del profesor, para que tome conciencia de su propia interioridad y sea capaz de hacer algo que lleva y le sale del corazón.

El segundo, es establecer tiempos y espacios para llevarla a cabo. Lo ideal sería que éste fuese un objetivo compartido por la mayoría de la comunidad educativa de los centros -en muchos colegios católicos ya comienza a serlo- para que no se identificase el trabajo en interioridad con tan sólo un profesor o una asignatura. Pero la realidad de los centros es muy variada y no siempre es sensible a estos procesos de interioridad. Aún así, aunque la nuestra sea una iniciativa minoritaria, casi individual, merece la pena lanzarse a la aventura y llegar a crear hábitos diarios de silenciamiento, así como propiciar un espacio especial de recogimiento que facilite el acceso a la interioridad.

El tercer paso es implementar métodos de silenciamiento que permitan a nuestros alumnos alcanzar ese silencio que unifica y regenera su ser. Para alcanzar el silencio exterior e interior encontramos algunas técnicas de relajación, de respiración, de consciencia corporal, de educación de los sentidos (imágenes, música, mantras) y el gran recurso de los textos sagrados.

El cuarto paso es ritualizar los hábitos de interiorización anteriores y animar a que nuestros alumnos los introduzcan en sus vidas cotidianas. Experimentarán que este proceso puede llegar a transformar sus vidas.

Transmitir la Buena Noticia hoy

Soy un “cristiano viejo” de 72 años. Educado en la Fe y que quiere morir en la misma. Fe que es un puro don de Dios pero que, además, exige mi esfuerzo intelectual y sobre todo de oración. Y quiero comentar un aspecto concreto de la pastoral en la Iglesia. ¿Qué ocurre en nuestra Iglesia? A mi juicio de creyente de a pie el avance de la humanidad en los dos últimos siglos ha sido impresionante, en todas las ramas del saber y de la técnica. El universitario se vuelve autosuficiente en su búsqueda de la verdad (a través de verdades parciales). Y en ese mundo ha de ser proclamada la Buena Noticia, noticia que tiene su marchamo de veraz en un hecho sorprendente: La Resurrección de un hombre. Predicar esto es difícil, pero existe otro hándicap aún: Cuando Pablo recorre el mundo helenista, predica una fe nueva, original, más o menos asumible (más bien menos) pero que tenía una cualidad esencial, que fue el combustible que hizo arder el mundo grecolatino: el testimonio de unos cuantos que proclamaban su fe en el Resucitado porque lo “habían visto”, y que llevaban su fe a las últimas consecuencias, incluso el martirio. Ahora, la Verdad predicada, además de difícil de digerir, lleva el polvo de interpretaciones hechas con mentalidad de hace siglos, con palabras y expresiones ininteligibles hoy día.

En el año 2.012 no basta la teología tomista-aristotélica. “Sabiendo” los creyentes que Jesús fue resucitado, es preciso que saboreemos en qué consiste ese ser resucitado; “sabiendo” los creyentes que Cristo está presente en la Eucaristía, es preciso que experimentemos qué es ese estar presente. Yo no puedo decir a mi nieto de 16 años que cuando comulga “se come el cuerpo de Jesús”, con sus manos, pies, uñas… (Así nos fue descrita la comunión en los años 40 y conservo algún devocionario de aquella época como prueba). No puedo desvincular la Eucaristía de la Comunión de los Santos, al Resucitado de la Iglesia, de la Comunidad de creyentes.

Tenemos los creyentes hoy un verdadero tesoro: nuestros presbíteros son cada vez más santos, más fieles, más entregados. Y eso es fácilmente contrastable, a poco que uno entre en la vida de las parroquias, movimientos de seglares, etc.

¿Qué ocurre, pues, a mi modesto entender? Pues que el “Magisterio” de la Iglesia, que ciertamente ha de velar por todos sus fieles, tiene mucho miedo a lanzarse al ruedo de la búsqueda de la Verdad: Comprende que han de buscarse nuevas formulaciones de la Verdad inmutable, sabe muy bien que el lenguaje del hombre medieval no tiene nada que ver con el de hoy, pero tiene mucho miedo a que esa búsqueda deje tirado por el camino a mucha gente que se quede sin su “verdad de toda la vida”. Además, tiene la experiencia del Concilio último que, queriendo abrir ventanas, emprender el camino del seguimiento de Jesús, reavivar la Fe, produjo, sí, un verdadero espíritu de renovación en la fe, pero dejando muchos en el camino y no consiguiendo que el Espíritu Santo infundiera su Amor a todos los fieles (o por lo menos lo hiciera de forma semejante).

Ese miedo, legítimo en cuanto humano, ha llevado a la Iglesia a mantener unas posturas ininteligibles e incomprensibles para el hombre moderno, que absorto en sus problemas, se aburre y simplemente prescinde de ese dios que nada le dice. Un ejemplo: ¿De verdad se quiere que el hombre de hoy acepte la doctrina de Pablo de Tarso sobre la mujer, en Corintios I, que atenta (entonces no, ahora sí) a los más elementales derechos humanos? Aparte del argumento de “trágala”, ¿es aceptable hoy la no admisión de la mujer al ministerio del Orden?

Bien claro lo dice la nota publicada por la Comisión episcopal que “advierte” a Torres Queiruga, como bien claro lo dijo el entonces Obispo de Tarazona, respecto a Pagola: la búsqueda de un lenguaje moderno que permita transmitir la Verdad, puede “hacer mucho daño”. Pero olvidan que cercenar ese camino de búsqueda de la Verdad puede hacer tanto o más daño a otros muchos creyentes que nos sentimos obligados a buscar y seguir buscando, no quedándonos en la fe del carbonero. Parece como si se nos dijera: “Vd. busque pero, ojo, que si el camino a que le lleva la búsqueda honesta no se compadece con el sistema en que estamos instalados, si obligación es volver a la fe del carbonero. Y olvidan que es más que improbable que el cristiano a quien, por su inmadurez, pudiera hacer daño la lectura de estos autores, vaya a adquirirlos o a leerlos.

En definitiva, cualquier intento pastoral pasa por comenzar con una reflexión profunda sobre qué Buena Noticia quiero transmitir, qué fundamento tiene esa Buena Noticia y cómo la transmito fielmente, mediante un lenguaje comprensible para el hombre de hoy, aunque sin devaluar un ápice el Mensaje del Reino.

¡Y para eso necesitamos el esfuerzo de todos los teólogos, pero principalmente de aquellos que, asumiendo riesgos, buscan insistentemente ese “repensar” el Misterio, no en cuanto Misterio (que es impensable y por tanto irrepensable) sino en cuanto expresión del mismo.

Confieso con tristeza que, desde que falleció hace unos años mi mentor jesuita, la Comisión de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal es la que más me guía en la búsqueda de autores que me puedan ayudar en mi Fe: los que dicha Comisión pone en su punto de mira (Jon Sobrino, José A. Pagola y, ahora, Andrés Torres Queiruga). ¡Manda narices!

Eclesalia.net: http://eclesalia.wordpress.com/2012/04/13/pastoral/

El cristianismo, religión laica

Juan José Tamayo

Sorprende la oposición, en algunos casos numantina, de ciertos sectores cristianos y de organizaciones políticas conservadoras vinculadas a la Iglesia católica al proceso de secularización, al fenómeno del laicismo y a la laicidad del Estado y de sus instituciones, así como su constante demanda de la presencia de Dios en el espacio público y su irrefrenable tendencia a confesionalizar instituciones como la escuela, los medios de comunicación, la universidad, etc.

Y digo que sorprende porque ellos tendrían que ser los más firmes defensores de la laicidad ya que el cristianismo nace como religión laica y posibilita la secularización de la sociedad. Vamos a intentar demostrarlo a través de la figura de Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo y de los primeros siglos del cristianismo

El laico Jesús de Nazaret

– Jesús no pertenecía a familia sacerdotal alguna, ni al stablishment religioso. No fue funcionario del Templo ni tenía el reconocimiento de intérprete de la Ley. No legitimó la alianza de las autoridades religiosas del judaísmo con las autoridades políticas del Imperio romano invasor. Fue un creyente laico que vivió su fe en el horizonte de la libertad.

– Adoptó una actitud crítica frente a los pilares en que descansaba la religión, siguiendo la tradición de los profetas de Israel y adelantándose en muchos siglos a la crítica moderna de la religión. Cuestionó en su raíz la configuración sagrada de la realidad: los tiempos sagrados (fiestas y novilunios); los lugares sagrados (el Templo, lugar del culto, de la presencia de Dios y de recaudación de impuesto: espacio de alianza con el poder Imperial; absolutizado por sus correligionarios fundamentalistas); los tiempos sagrados (el sábado, fiesta judía por excelencia: “el sábado está hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”); las acciones sagradas (el culto, que no va acompañado de la práctica de la justicia) y propone como alternativa la misericordia, la compasión como virtud radical, la solidaridad con las personas que sufren; las personas sagradas (crítica a los sacerdotes por su exceso de celo en el culto y su insensibilidad hacia la injusticia, hacia el sufrimiento ajeno), y pone como ejemplo a seguir a un samaritano, considerado hereje, por su ayuda al prójimo malherido; las autoridades religiosas: que se presentaban como representantes y portavoces de Dios y no predicaban con el ejemplo; la propia Ley, Torá, cuando cae en legalismo, atreviéndose a corregirla, a incumplirla y justificando su incumplimiento, y colocando al ser humano y sus necesidades por delante de la ley.

– La libertad y la dignidad de los seres humanos constituye el centro del mensaje, de la vida y de la práctica de Jesús. Una libertad que no se queda en el plano intimista, sino que le lleva a realizar prácticas de liberación orientadas a devolver la libertad y la dignidad a las personas a quienes la religión y la sociedad se las negaban: enfermos, posesos, pobres, publicanos, mujeres, pecadores, prostitutas. Acoge a los paganos en su movimiento, los invita a formar parte de él y les abre las puertas del Reino. Comparte mesa con los excluidos, lo que produce un fuerte escándalo en la sociedad puritana de su tiempo. Osa afirmar que los pecadores, los publicanos y las prostitutas preceden en el Reino de los cielos a los judíos cumplidores de la ley, y pone la defensa de la vida y de la dignidad por delante.

– En uno de los textos más emblemáticos del Nuevo Testamento, critica el poder, todo poder, y propone como alternativa el servicio (Marcos 10,42-43).

– Puso en marcha un movimiento laico. El movimiento de Jesús no es una institución sacerdotal que prolongara el sacerdocio judío, sino una comunidad de iguales, hombres y mujeres, en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo de su tiempo. Incorporó a las mujeres al grupo de seguidores y seguidoras en igualdad de condiciones que los varones, sin discriminación por razones de sexo. Fue dentro de dicho movimiento donde las mujeres recuperaron la dignidad y la ciudadanía que, la religión y la sociedad patriarcales les negaban. Se opuso a las normas y a las prácticas discriminatorias para con las mujeres, como el libelo de repudio, que las dejaba a merced de todos los abusos, y a la lapidación por adulterio, que estaba contemplada en la ley, y dijo a los acusadores, todos varones, que quien estuviera libre de pecado -de adulterio, se entiende-, tirara la primera piedra.

El cristianismo primitivo a favor de la libertad religiosa, pilar del estado laico

La libertad religiosa, principio fundamental del cristianismo primitivo. El cristianismo primitivo vivió separado del Imperio romano y nunca buscó su reconocimiento como religión oficial, menos aún sus favores. El Imperio, que se mostraba tolerante con la religión judía como nación sometida y con los cultos de otros tantos pueblos dominados, actuaba de manera intolerante con el cristianismo, al que persiguió con especial dureza. Los cristianos eran considerados ateos por no adorar a los dioses de Roma, por rechazar el culto al Emperador y no reconocerlo como Señor. Para ellos sólo Jesucristo era el Señor (O Kyrios). Esa actitud constituía un atentado grave contra el Estado y les valió la acusación de “ateos” (atheoi).

En ese clima la libertad religiosa constituye el principio fundamental del cristianismo primitivo. Escribe Tertuliano: “Es un derecho humano fundamental, un privilegio de la naturaleza, que todos los seres humanos procedan de acuerdo con sus propias convicciones. La religión de una persona ni perturba ni ayuda a otra. No está en la naturaleza de la religión que se imponga por la fuerza”. Del mismo parecer es Lactancio, para quien “no hay nada tan voluntario como la religión; ésta desaparece y se hace nula si el sacrificio es ofrecido contra la propia voluntad”.

En plena crisis arriana san Atanasio defendió la libertad religiosa y se opuso al uso de la violencia contra los herejes: “Lo propio de una religión no es imponer, sino persuadir. El Señor no hizo violencia a nadie. Dejaba libres a todos y les decía: ‘Si alguno quiere seguirme…’”.

La secularización, en la entraña del cristianismo

– La secularización (laicismo) no es enemiga de la concepción cristiana del mundo, sino que se encuentra en su misma entraña y es una exigencia interna e ineludible del cristianismo. Lo expresa con precisión teológica J.-B. Metz en los siguientes términos: la secularización del mundo “ha surgido en su fondo, aunque no en sus distintas expresiones históricas, no como algo que va contra el cristianismo, sino como algo que nace por medio del cristianismo. Es un acontecimiento originalmente cristiano“. Dios acepta el mundo en su hijo Jesús de Nazaret. Su aceptación es sincera y auténtica, pero en clave dialéctica, es decir, en actitud de protesta y teniendo en cuenta las contradicciones que ofrece el mundo.

– El cristianismo es una religión histórica. La historia es un elemento intrínseco de la fe cristiana. Por ende, la historia de la salvación se inscribe en la historia del mundo, en la historia de la liberación integral. El Dios cristiano actúa históricamente en el mundo, sin absorberlo ni violentarlo. De esa manera lo libera respetando su carácter secular. Dios asume el mundo como otro, en cuanto distinto de él, no en cuanto prolongación o emanación divina. La desmitificación del mundo que pone en marcha el cristianismo desemboca en lo que Metz llama “ateísmo cósmico”.

– La desacralización de la política y del poder vuelve a aparecer en el cristianismo primitivo. Los cristianos y las cristianas rezaban por el emperador, pero no se sometían a sus dictámenes, ni le rendían culto. Aceptaban el poder político, aunque con condiciones, y se negaban a reconocer su carácter divino o sagrado. Por eso fueron perseguidos. La religión, que operaba como elemento legitimador de la autoridad política establecida, en el caso del cristianismo se distancia del poder y renuncia a convertirse en fuente de legitimación.

Los cristianos, no se distinguían de los demás seres humanos, salvo por la ejemplaridad de su vida

– Los cristianos y las cristianas de los primeros siglos vivieron, al decir de Bonhoeffer, una “mundanidad santa”: la santidad en el mundo, una santidad en tensión con la mundanidad y viceversa. La Carta a Diogneto, escrito cristiano del siglo III, constituye un buen relato de la experiencia de la santa mundanidad vivida por los cristianos y cristianas de la primera hora:

“V. 1. Los cristianos… no se distinguen de los demás seres humanos ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3…Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. 4. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes”.

– El cristianismo primitivo inspiró la separación entre la Iglesia y el Estado (Imperio), vigente hasta la ulterior alianza entre ambos, la llamada “Alianza entre el Trono y el Altar”, que bien puede calificarse de pacto contrario al fundador del cristianismo y que pone en marcha un proceso sacralizador imparable que va a durar hasta bien entrada la modernidad bajo diversas modalidades.