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Micro-relato de una paz sencilla

Caminaba acariciando con su mirada todo cuanto miraba. Sus pasos eran suavemente firmes, como si sus pies fueran conscientes de la sacralidad de la tierra. Su ritmo ni apresurado ni indolente. Caminaba con todos, entre todos, una más.

El suave sol de un tardío verano insuflaba vigor a sus huesos, calor a su piel e internamente lo agradecía.

Un alegría delicada, carente de alharacas, latía en su alma. A pesar de todo o, mejor dicho, gracias a todo, estaba en paz. “Está bien que todo sea como es”, tal era la frase que resonaba sin palabras en su corazón.

El cansancio físico y la fatiga mental, las diferentes fuentes de preocupación; familia, trabajo, amigos, eran a la vez fuente de gratificaciones y alegrías, “lugares” de encuentro con la Vida.

“Todo está bien, es bueno que todo sea como es”. Abrió la puerta de su casa. Era hora de hacer la comida.

Fuente: Regreso a Casa.

Saber ver

Una vez un maestro estaba dando clase a sus alumnos. Aquella mañana quería ofrecerles una lección distinta a las que vienen en los libros. Después de pensar un poco ideó la siguiente enseñanza:  Hizo una mancha de tinta china en un folio blanco de papel. Reclamó la atención de los alumnos y alumnas y les preguntó:—¿Qué veis?—Una mancha negra— respondieron a coro.—Os habéis fijado todos y todas en la mancha negra que es pequeña —replicó el maestro— y nadie ha visto el gran folio blanco que es mucho mayor.

El día en que Jesús salió del metro

 

Cuando salió de la estación del Metro, la plaza estaba abarrotada por una granmultitud que quería verle y escucharle. Se subían a las farolas y encima de los coches. En su mayoría eran parados, inmigrantes y marginados de toda clase, edad y condición, que se abalanzaban sobre él con súplicas y lamentos.

—¡Mira, Maestro, cómo estamos. Ni uno de la familia tiene trabajo!

—Ayúdame, Jesús. Estoy sin papeles —le gritó un joven negro

—¡Te necesito! -exclamó una mujer de la calle.

 

Los discípulos tenían que apartar a la gente y abrirle camino hasta un parque cercano, donde mandó a todos sentarse en el suelo. Y les habló de esta manera:

“Venid a mi todos los que estáis angustiados y sobrecargados con la crisis, soledad y falta de sentido en la vida, porque yo os aliviaré, que soy manso y humilde de corazón. No temáis, porque en mi reino los últimos son los primeros y los primeros últimos. No hagáis como los políticos que os engañan como encantadores de serpientes, mienten para ganar las elecciones, os prometen quitaros los impuestos, y en cuanto están en el poder recortan vuestro sueldo y os cargan con pesos insoportables.

“Tampoco os fieis de tantos predicadores que dicen hablar en mi nombre y no cumplen lo que proclaman o convierten sus iglesias en guetos exclusivos, reducen la religión a un montón de normas, y se olvidan del corazón del hombre, mi verdadero templo.

No hagáis como los banqueros que especulan con el dinero de los pobres y, después de haberles cobrado por un piso durante toda la vida , cuando vienen las vacas flacas y les es imposible seguir pagando, se quedan con lo cobrado y con el piso. Ni como los corruptos de la Administración que, después de elegidos para servir al pueblo, se apropian del dinero público en propio beneficio.

Vosotros no pongáis vuestro corazón en el dinero, ni en la cuenta corriente, ni en los bonos del Estado o vuestro plan de pensiones, sino en ese tesoro escondido y la piedra preciosa que nadie os puede arrancar ni robar. Amad a vuestros enemigos y luchad por la paz y la justicia en el mundo. Ser auténticos hoy día supone llevar una gran cruz. Pero no os preocupéis, que yo la he vivido primero y camino codo con codo a vuestro lado.

Luchad por la conservación de este planeta que mi Padre sembró de ríos, mares, montañas, frutos y animales y ahora lo estáis convirtiendo en un lodazal .

Repartíos y multiplicad equitativamente los bienes de esta Tierra como yo hice con los panes y los peces. Cambiad vuestro concepto de “realización” o “felicidad”, que está no el poder, la fama y el éxito, sino en el despertar por dentro, en el “ser” y no en el poseer.

No aplastéis a las mujeres ni explotéis a los niños, pues yo me rodeé de ellos. Amaos los unos a los otros y buscad el reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”.

Así dijo. La gente empezó a aplaudir y cantar. Pero de pronto se presentaron los antidisturbios alegando que aquella manifestación era ilegal, y porque alguien había soplado que era una concentración de indignados, antisistemas o inmigrantes sin papeles.

 

Cuando iban a detenerle, Jesús se escabulló entre la multitud.

Alguien comentó:

—Habla como quien tiene autoridad.

Pedro Miguel Lamet  (visto en 21 )

Una gran visita

El sacerdote anunció que el domingo siguiente vendría a la iglesia el mismísimo Jesucristo en persona
y, lógicamente, la gente acudió en tropel a verlo. Todo el mundo esperaba que predicara, pero él,
cuando fue presentado, se limitó a sonreír y dijo: «Hola». Todos, y en especial el sacerdote, le ofrecieron
su casa para que pasara aquella noche, pero él rehusó cortésmente todas las invitaciones y dijo que
pasaría la noche en la iglesia. Y todos pensaron que era muy apropiado.
A la mañana siguiente, a primera hora, salió de allí antes de que abrieran las puertas de la iglesia. Y
cuando llegaron el sacerdote y el pueblo, descubrieron horrorizados que su iglesia había sido profanada:
las paredes estaban llenas de «pintadas» con la palabra «¡CUIDADO!» No había sido respetado un solo
lugar de la iglesia: puertas y ventanas, columnas y púlpito, el altar y hasta la Biblia que descansaba
sobre el atril. En todas partes, ¡CUIDADO!, pintado con letras grandes o con letras pequeñas, con
lapicero o con pluma, y en todos los colores imaginables. Dondequiera que uno mirara, podía ver la
misma palabra: «¡CUIDADO, cuidado, Cuidado, CUIDADO, cuidado, cuidado…!»
Ofensivo. Irritante. Desconcertante. Fascinante. Aterrador. ¿De qué se suponía que había que tener
cuidado? No se decía. Tan sólo se decía: «¡CUIDADO!» El primer impulso de la gente fue borrar todo
rastro de aquella profanación, de aquel sacrilegio. Y si no lo hicieron, fue únicamente por la posibilidad
de que aquello hubiera sido obra del propio Jesús.
Y aquella misteriosa palabra, «¡CUIDADO!», comenzó, a partir de entonces, a surtir efecto en los
feligreses cada vez que acudían a la iglesia. Comenzaron a tener cuidado con las Escrituras, y
consiguieron servirse de ellas sin caer en el fanatismo. Comenzaron a tener cuidado con los
sacramentos, y lograron santificarse sin incurrir en la superstición. El sacerdote comenzó a tener
cuidado con su poder sobre los fieles, y aprendió a ayudarles sin necesidad de controlarlos. Y todo el
mundo comenzó a tener cuidado con esa forma de religión que convierte a los incautos en santurrones.
Comenzaron a tener cuidado con la legislación eclesiástica, y aprendieron a observar la ley sin dejar de
ser compasivos con los débiles. Comenzaron a tener cuidado con la oración, y ésta dejó de ser un
impedimento para adquirir confianza en sí mismos. Comenzaron incluso a tener cuidado con sus ideas
sobre Dios, y aprendieron a reconocer su presencia fuera de los estrechos límites de su iglesia.
Actualmente, la palabra en cuestión, que entonces fue motivo de escándalo, aparece inscrita en la parte
superior de la entrada de la iglesia, y si pasas por allí de noche, puedes leerla en un enorme rótulo de
luces de neón multicolores.

COMODIDAD

Un día, un hombre sabio y piadoso clama al cielo por una respuesta. El hombre aquel encabezaba un grupo de misioneros que oraban por la paz del mundo, para lograr que las fronteras no existieran y que toda la gente viviera feliz. La pregunta que hacían era: ¿Cuál es la clave, Señor, para que el mundo viva en armonía? .
Entonces, los cielos se abrieron y después de un magnifico estruendo, la voz de Dios les dijo: Comodidad.
Todos los misioneros se miraban entre sí, sorprendidos y extrañados de escuchar tal término de la propia voz de Dios. El hombre sabio y piadoso pregunto de nuevo: ¿Comodidad Señor? ¿Que quieres decir con eso?

Dios respondió: La clave para un mundo pleno es: Como di, dad. Es decir, así como yo os di, dad vosotros a vuestro prójimo. Como di, dad vosotros fe; como di, dad vosotros esperanza; como di, dad vosotros caridad; como di, sin límites, sin pensar en nada más que dar, dad vosotros al mundo… y el mundo, será un paraíso.

http://www.somalojoven.org/?p=1119

Confianza en Dios

Un ateo cayó por un precipicio y, mientras rodaba hacia abajo, pudo agarrarse a una rama de un pequeño árbol, quedando suspendido a trescientos metros de las rocas del fondo, pero sabiendo que no podría aguantar mucho tiempo en aquella situación.
Entonces tuvo una idea: «¡Dios!», gritó con todas sus fuerzas.
Pero sólo le respondió el silencio.
«¡Dios!», volvió a gritar. «¡Si existes, sálvame, y te prometo que creeré en ti y enseñaré a otros a creer!»
¡Más silencio! Pero, de pronto, una poderosa Voz, que hizo que retumbara todo el cañón, casi le hace soltar la rama del susto:
«Eso es lo que dicen todos cuando están en apuros».
«¡No, Dios, no!», gritó el hombre, ahora un poco más esperanzado. «¡Yo no soy como los demás! ¿Por qué había de serlo, si ya he empezado a creer al haber oído por mí mismo tu Voz? ¿O es que no lo ves?
Ahora todo lo que tienes que hacer es salvarme, y yo proclamaré tu nombre hasta los confines de la tierra!»
«De acuerdo», dijo la Voz, «te salvaré.
¡Suelta esa rama!».
«¿Soltar la rama?», gimió el pobre hombre. «Crees que estoy loco?»

Moraleja: Se dice que, cuando Moisés alzó su cayado sobre el Mar Rojo, no se produjo el esperado milagro. Sólo cuando el primer israelita se lanzó al mar, retrocedieron las olas y se dividieron las aguas, dejando expedito el paso a los judíos.

Anthony de Mello
La Oración de la Rana.

PARÁBOLA.

En una ocasión el Maestro propuso a sus discípulos la siguiente parábola: “Dos hombres subieron una vez al templo a orar. El primero llevaba un traje corriente, unos vaqueros y un jersey y pasada, en consecuencia, desapercibido. El segundo llevaba largas vestiduras, recibía reverencias a su paso y le reservaban siempre los primeros puestos en los banquetes.

El primero era conocido simplemente por su nombre de pila. El segundo usaba títulos cortesanos: excelentísimo, reverendísimo, su eminencia… Uno se acercaba a los pobres, compartía su vida con ellos, los consolaba en sus angustias y los socorría en sus necesidades. El segundo, aunque dirigía sociedades que se ocupaban de los pobres, los conocía únicamente de lejos, por informes o estadísticas.

El primero tenía escaso poder y una pequeña zona de influencia. No más que la de quien se desenvuelve en medios cercanos a las ONGs voluntaristas y pobres de recursos. El segundo controlaba numerosas instituciones y entre ellas poseía una emisora de radio con la que allegaba dinero y poder gracias a agentes que prodigaban el insulto, el menosprecio y la crispación.

En el frontispicio del templo podía leerse la siguiente divisa: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios es socorrer a los huérfanos y las viudas en sus necesidades y no mancharse las manos con este mundo”. Era una cita sacada de la Carta de Santiago.

Pues bien; llegaron, como queda dicho, los dos hombres a la puerta del templo. Unos guardianes cuidaban de que no entrasen quienes públicamente sostenían actitudes contrarias a la divisa mencionada, aconsejando en su caso a quien lo hiciera que volviera por sus pasos, se acercara a los pobres y lavara sus manos del contagio de los modos de este mundo. Después podía volver al templo y presentar entonces sus ofrendas.

En el caso que relatamos ¿a cuál de los dos hombres os parece que los guardianes dejaron entrar y a cuál despidieron?”. Los discípulos contestaron: “Sin duda admitieron al primero e invitaron al segundo a convertirse y volver después de haberse purificado”.
El Maestro los miró con ternura, asombrándose a la vez de su ingenuidad. Pensó que esos seguidores suyos, gente sencilla y sin doblez, aún no eran capaces de entender que las organizaciones de este mundo, a poco que se descuiden –y siempre se descuidan-, acaban haciendo lo contrario de lo que está en sus textos fundacionales. Por eso quiso advertirles para evitar que entraran en crisis cuando lo descubrieran. Así pues, se apresuró a decirles: “Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. No tenéis que fiaros porque llega un tiempo en que os excluirán de las sinagogas e incluso llega la hora en que el que os hará morir pensará que está haciendo un servicio a Dios”.

Los discípulos pensaron que su Maestro exageraba y que, si bien el mundo era malo y con relaciones de dominio, ellos vivirían en una comunidad santa en la que no podían pasar esas cosas. Ya había dejado él bien claro que el sábado era para el hombre y no el hombre para el sábado y les había asegurado que la verdad que de él habían aprendido les haría libres. Ya no podían caer de nuevo en la esclavitud de los ritos y las formas sino que vivirían en espíritu y verdad. El Maestro, que adivinaba sus pensamientos pero conocía a fondo de qué barro están hechos los hombres, no quiso insistir. Sólo le pareció necesario dejarles un consejo o una norma que les acompañase en todas las situaciones y especialmente en las adversas: “Velad y orad para no caer en la tentación”.

Carlos F. Barberá