Carta a González Faus

Creyentes de ese Dios de luz, sois un ejército de bondad que tinta el mundo con la pintura del amor.

 

Estimado amigo, hace ya un año que te debía estas palabras, después del diálogo que tuvimos sobre la trascendencia espiritual. Pero como lo urgente siempre devora a lo necesario, la respuesta se ha demorado. Sin embargo, aquí estamos otra vez en Semana Santa y otra vez hablando de Dios. Agradecí tu preciosa descripción de lo que era la fe, espléndidamente resumida en el canto de Atahualpa Yupanki: “Hay cosas en este mundo / más importantes que Dios / que un hombre no escupa sangre / pa que otros vivan mejor”. Ese Dios que me mostraste, que no busca la contemplación en sí mismo sino ser contemplado en el dolor de la gente, es un Dios ante el que me inclino. Creer no forma parte de mi diccionario, porque estoy más cercana al nihilismo que al bálsamo religioso. Pero hace años que entendí que la trascendencia espiritual había convertido a simples mortales en silenciosos héroes que dedicaban su vida a mejorar la de todos. Ese Dios que los ilumina, y que traza una línea de entrega, es un concepto maravilloso que me seduce a pesar de mi lejanía. Gentes como vosotros, creyentes de ese Dios de luz, sois un ejército de bondad que tinta el mundo con la pintura del amor. Y cuando observo vuestro recogimiento en días como estos, sobrecargados de simbolismo, algo de vuestra paz me serena.

Sabes mejor que yo, no en vano eres un gran pensador de la fe, que Dios es también la excusa del mal pequeño y… del mal en mayúsculas.

Aborrezco profundamente la fe de los fanáticos, la conversión de la espiritualidad en un arma de intolerancia, la imposición de los credos, la represión del dogma, la negación del pensamiento. Ese Dios castigador forma parte de la peor historia de la humanidad y es, sin duda, enemigo de tu Dios. Esa es la grandeza de tu creencia, que sitúas al ser humano en el centro de la fe, y es ese centro terrenal el que da sentido a tu espiritualidad. Quizás estamos más cerca de lo previsible, porque lo que tu llamas fe, yo llamo ética, pero los dos concebimos el compromiso con nuestro tiempo y nuestra gente. Te confesaré -¡qué verbo más apropiado!- que la Semana Santa me carga mucho. Tanta exhibición, tanto barroquismo callejero, tanta dramaturgia impostada, no sé, me aleja de esa creencia íntima y humilde que engrandece a gentes como tú. Ese Dios que pasean con tanta hipérbole me parece un Dios vanidoso y excesivo, más propio del consumo que del recogimiento. Y además, esa obsesión con el martirio, ¡qué tortuosa idea! Pero tu Dios, en cambio, es una idea luminosa que consigue interpelarme a pesar de no hablar su lenguaje. Decía García Márquez que la idea de la existencia de Dios le desconcertaba tanto como la negación de esa idea. Por ahí debemos andar algunos, en desconcierto permanente. Pero sea como sea, el Dios que tú muestras sólo me da certezas. Porque el amor es quizá la única certeza que no tiene desmentido.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s