HORA DE LA FIESTA, HORA DE LA ALEGRÍA

Al tercer día hubo una boda en Caná, un pueblo de Galilea….

Había llegado la hora.

Una hora esperada desde hacía siglos.

El pueblo de Israel esperaba su Mesías.
Pobres, mendigos, viudas, huérfanos, enfermos…
cada uno esperaba a su manera.

Y Jesús, para empezar, no eligió un pobre,
ni un mendigo, ni un leproso…. eligió una boda.
Era todo un signo: su primera actuación
iba a tener lugar en una fiesta.

No podía ser más claro su mensaje:
primero hay que convertir el mundo en una fiesta.
No se puede seguir poniendo el nombre de Dios
a las cosas aburridas, serias, dolorosas, violentas…

Dios tiene un nombre y ese es: ¡Fiesta!
Por eso, en una boda que se quedaba sin vino,
Jesús hace que siga la fiesta, que se acaben las caras largas
y que la gente disfrute como nunca.

Había llegado la hora de la fiesta,
la hora de la alegría,
la hora de un banquete.

Si esto estaba claro… nadie podría quedar
excluido de la fiesta: ni pobres, ni huérfanos, ni mendigos,
ni enfermos…. ¡nadie!

GAZTETXO

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