PARÁBOLA.

En una ocasión el Maestro propuso a sus discípulos la siguiente parábola: “Dos hombres subieron una vez al templo a orar. El primero llevaba un traje corriente, unos vaqueros y un jersey y pasada, en consecuencia, desapercibido. El segundo llevaba largas vestiduras, recibía reverencias a su paso y le reservaban siempre los primeros puestos en los banquetes.

El primero era conocido simplemente por su nombre de pila. El segundo usaba títulos cortesanos: excelentísimo, reverendísimo, su eminencia… Uno se acercaba a los pobres, compartía su vida con ellos, los consolaba en sus angustias y los socorría en sus necesidades. El segundo, aunque dirigía sociedades que se ocupaban de los pobres, los conocía únicamente de lejos, por informes o estadísticas.

El primero tenía escaso poder y una pequeña zona de influencia. No más que la de quien se desenvuelve en medios cercanos a las ONGs voluntaristas y pobres de recursos. El segundo controlaba numerosas instituciones y entre ellas poseía una emisora de radio con la que allegaba dinero y poder gracias a agentes que prodigaban el insulto, el menosprecio y la crispación.

En el frontispicio del templo podía leerse la siguiente divisa: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios es socorrer a los huérfanos y las viudas en sus necesidades y no mancharse las manos con este mundo”. Era una cita sacada de la Carta de Santiago.

Pues bien; llegaron, como queda dicho, los dos hombres a la puerta del templo. Unos guardianes cuidaban de que no entrasen quienes públicamente sostenían actitudes contrarias a la divisa mencionada, aconsejando en su caso a quien lo hiciera que volviera por sus pasos, se acercara a los pobres y lavara sus manos del contagio de los modos de este mundo. Después podía volver al templo y presentar entonces sus ofrendas.

En el caso que relatamos ¿a cuál de los dos hombres os parece que los guardianes dejaron entrar y a cuál despidieron?”. Los discípulos contestaron: “Sin duda admitieron al primero e invitaron al segundo a convertirse y volver después de haberse purificado”.
El Maestro los miró con ternura, asombrándose a la vez de su ingenuidad. Pensó que esos seguidores suyos, gente sencilla y sin doblez, aún no eran capaces de entender que las organizaciones de este mundo, a poco que se descuiden –y siempre se descuidan-, acaban haciendo lo contrario de lo que está en sus textos fundacionales. Por eso quiso advertirles para evitar que entraran en crisis cuando lo descubrieran. Así pues, se apresuró a decirles: “Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. No tenéis que fiaros porque llega un tiempo en que os excluirán de las sinagogas e incluso llega la hora en que el que os hará morir pensará que está haciendo un servicio a Dios”.

Los discípulos pensaron que su Maestro exageraba y que, si bien el mundo era malo y con relaciones de dominio, ellos vivirían en una comunidad santa en la que no podían pasar esas cosas. Ya había dejado él bien claro que el sábado era para el hombre y no el hombre para el sábado y les había asegurado que la verdad que de él habían aprendido les haría libres. Ya no podían caer de nuevo en la esclavitud de los ritos y las formas sino que vivirían en espíritu y verdad. El Maestro, que adivinaba sus pensamientos pero conocía a fondo de qué barro están hechos los hombres, no quiso insistir. Sólo le pareció necesario dejarles un consejo o una norma que les acompañase en todas las situaciones y especialmente en las adversas: “Velad y orad para no caer en la tentación”.

Carlos F. Barberá 

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