La balanza

Imagínate una balanza.
En un lado puse a Mi propio Hijo, al ser que más quiero.
¡La balanza se inclinó entonces por completo hacia el lado en que estaba Él!

Seguidamente, te tomé a ti, con todas tus flaquezas, defectos, debilidades e idiosincrasias, con todas esas características tuyas que tanto te molestan y te hacen sentirte tan inferior, tan difícil de amar y tan indigno de Mi amor. Te puse, sí, a ti en el otro platillo, y los dos quedaron perfectamente equilibrados.

Comprendí que era provechoso poner a Mi Hijo en un platillo y a ti –sí, a ti en particular– en el otro.
Vi que me convenía hacer un trueque: cambiar la vida de Mi Hijo por ti, a fin de tenerte para siempre.
Valió la pena entregar a Mi Hijo por ti, nada más que por ti.
Tal es el amor que te profeso.

Firmado: Dios

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