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Los héroes no existen: lo que hay son personas que deciden correr riesgos y pagar el precio necesario.

Después de haber estado varios días con hermanos y laicos maristas en misión en Asia, una confirmación: en todos hay posibilidades inmensas por descubrir, que sólo necesitan ser activadas.
El milagro ocurre cuando uno tiene la audacia de ponerse en camino, aún con miedos: los límites se van desplazando a medida que se avanza.
Los héroes no existen: lo que hay son personas que deciden correr riesgos y pagar el precio necesario.

Emili Turú (Superior gneneral de los HH. Maristas)

Todos los santos. Y entonces vio la luz.

Y entonces vio la luz. La luz que entraba por todas las ventanas de su vida. Vio que el dolor precipitó la huída y entendió que la muerte ya no estaba. Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba. Acabar de llorar y hacer preguntas; ver al Amor sin enigmas ni espejos; descansar de vivir en la ternura; tener la paz, la luz, la casa juntas y hallar, dejando los dolores lejos, la Noche-luz tras tanta noche oscura.
(JL Martín Descalzo). 

Humanizar

Humaniza sin piedad
cada ciudad.
Humaniza sin parar
donde no hay paz.
Humaniza con “te quieros”,
Dar una rosa de vida:
eso es humanizar.

Humaniza para crecer
y no parar.
Humaniza y tu vida no coge
olor a humedad.
Humaniza los dolores
con caricias, colores
de un momento: una sonrisa.
Eso es humanizar.

Una vuelta de tuerca,
un abrazo que dar,
una cara mojada,
una entrega total
otra gota de sangre,
estar hasta el final
sin pasarme de rosca:
eso es humanizar,

Un ratito de escucha,
la sonrisa pa estar,
una mano extendida,
vuelvo a verte sin más;
mantener la esperanza,
no rendirse jamás,
poner toda la carne
y en silencio esperar.

Humaniza y ya verás
todo cambiar.
Humaniza y a esperar
sin anestesia ni “na”.
Ten confianza en los encuentros
pinta rayos, pinta cielos,
un trocito de tu vida:
eso es humanizar.

Lo que des, sea con calma;
lo que quites con paz;
lo que llores, bien cerca;
lo que olvides, sin más;
corregir con cariño
y hasta el fin perdonar.
Expresar lo que siento
y saber respetar.

La mirada es aliento
cuando no puedas más;
lo que vale la pena:
saber acompañar.
Cariño sin medida
y ánimo hasta el final…
Ver todo aquello que hago
cuando no humanizar…

Dejar solo a quien lucha
sin dejar de acompañar…
caricias sin reparos,
dulce complicidad,
jugar con mano izquierda,
persuadir sin mostrar
que tienes muchas ganas
de algún cambio notar.

Medios  en la pobreza,
gente en la soledad,
vivir lo que uno sabe,
saber tiempo gastar,
caminar a tu lado
y nunca ser tu rival,
ni tu profe o tu aliado,
siempre en son de amistad.

Vivir aquí y ahora
transmitir realidad,
calidez en el trato
y Horizonte al mirar;
reírse de uno mismo,
cantar en funeral,
valorar bien mi historia,
dan gracias y tocar.

Silbar cuando nos cueste
las noticias que dan,
cantar cuando el ambiente
no sabe qué cantar,
desmontar con cariño,
acoger, confrontar,
y en silencio y si toca
a tu lado llorar.

Compartir lo que tengo,
informar, gestionar,
comprender que este ambiente
te suele bloquear,
sentir sin decir: lo siento,
disculparme y mirar,
descubrir que te importa,
no temer nunca hablar.

Aflojar las tensiones
y saber disfrutar,
respirar pa que el otro
aprenda a respirar…
Respirar los momentos,
disfrutar las personas,
derrochar los alimentos
y animas las hormonas.

Y calamar los dolores
y traer bien abajo
el sonido de tonos
que me llega de lo Alto…
Lo que des, sea con calma;
lo que quites, con paz;
lo que llores, bien cerca;
lo que olvides, sin más.

Decir fácil: te quiero,
confianza y afán,
compartir casa y mesa
y a lo tonto triunfar…

Seguir con dos guevarios!!!
sin llegar a olvidar
que otros ya por nosotros
vienen pa humanizar…

Carta a González Faus

Creyentes de ese Dios de luz, sois un ejército de bondad que tinta el mundo con la pintura del amor.

 

Estimado amigo, hace ya un año que te debía estas palabras, después del diálogo que tuvimos sobre la trascendencia espiritual. Pero como lo urgente siempre devora a lo necesario, la respuesta se ha demorado. Sin embargo, aquí estamos otra vez en Semana Santa y otra vez hablando de Dios. Agradecí tu preciosa descripción de lo que era la fe, espléndidamente resumida en el canto de Atahualpa Yupanki: “Hay cosas en este mundo / más importantes que Dios / que un hombre no escupa sangre / pa que otros vivan mejor”. Ese Dios que me mostraste, que no busca la contemplación en sí mismo sino ser contemplado en el dolor de la gente, es un Dios ante el que me inclino. Creer no forma parte de mi diccionario, porque estoy más cercana al nihilismo que al bálsamo religioso. Pero hace años que entendí que la trascendencia espiritual había convertido a simples mortales en silenciosos héroes que dedicaban su vida a mejorar la de todos. Ese Dios que los ilumina, y que traza una línea de entrega, es un concepto maravilloso que me seduce a pesar de mi lejanía. Gentes como vosotros, creyentes de ese Dios de luz, sois un ejército de bondad que tinta el mundo con la pintura del amor. Y cuando observo vuestro recogimiento en días como estos, sobrecargados de simbolismo, algo de vuestra paz me serena.

Sabes mejor que yo, no en vano eres un gran pensador de la fe, que Dios es también la excusa del mal pequeño y… del mal en mayúsculas.

Aborrezco profundamente la fe de los fanáticos, la conversión de la espiritualidad en un arma de intolerancia, la imposición de los credos, la represión del dogma, la negación del pensamiento. Ese Dios castigador forma parte de la peor historia de la humanidad y es, sin duda, enemigo de tu Dios. Esa es la grandeza de tu creencia, que sitúas al ser humano en el centro de la fe, y es ese centro terrenal el que da sentido a tu espiritualidad. Quizás estamos más cerca de lo previsible, porque lo que tu llamas fe, yo llamo ética, pero los dos concebimos el compromiso con nuestro tiempo y nuestra gente. Te confesaré -¡qué verbo más apropiado!- que la Semana Santa me carga mucho. Tanta exhibición, tanto barroquismo callejero, tanta dramaturgia impostada, no sé, me aleja de esa creencia íntima y humilde que engrandece a gentes como tú. Ese Dios que pasean con tanta hipérbole me parece un Dios vanidoso y excesivo, más propio del consumo que del recogimiento. Y además, esa obsesión con el martirio, ¡qué tortuosa idea! Pero tu Dios, en cambio, es una idea luminosa que consigue interpelarme a pesar de no hablar su lenguaje. Decía García Márquez que la idea de la existencia de Dios le desconcertaba tanto como la negación de esa idea. Por ahí debemos andar algunos, en desconcierto permanente. Pero sea como sea, el Dios que tú muestras sólo me da certezas. Porque el amor es quizá la única certeza que no tiene desmentido.

Carta a Pilar Rahola.

Jose I. Gonzalez Faus. Querida Pilar: quisiera darte las gracias por la columna del día de Pascua sobre “Dios y sus cosas”: por tocar el tema con seriedad y respeto, único modo digno tanto para creyentes como no creyentes.

¿Me permites añadir algo sobre “las cosas de Dios”, para ti y todos los habitantes de la duda?. Ahí van cuatro reflexiones de creyentes que, para un cristiano, son decisivas:

Allá por los tiempos de Jesús se cuenta de un rabino que perdió la fe, con el comprensible escándalo social en una sociedad cerrada. Pero otro maestrocomentó sobre él: “dichoso el rabino X porque podrá practicar el bien sin esperar recompensa”. Es la lección (y casi la envidia) que desde hace años me dais muchos de vosotros. Jesús dijo también que no es el que dice “Señor Señor” el que entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Y he visto que algunos no creyentes cumplís la voluntad de Dios mejor que muchos de nosotros. Además, un gran profeta del catolicismo del siglo pasado (E. Mounier) escribió que, en el futuro, los hombres no se distinguirán por la postura que tomen ante el tema de Dios sino por la que tomen antes los condenados de la tierra. Y, en la misma línea, esa impresionante conversa que prefirió quedarse fuera (Simone Weil) dejó escrito: “no es por la forma en que un hombre habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas cono se puede discernir si su alma ha permanecido en el fuego del amor de Dios”.

Todos esos testimonios apuntan hacia una línea en la que deberíamos encontrarnos mucho más, y que, para un cristiano, se fundamenta en las palabras de otro gran profeta mártir de Hitler (el pastor Bonhoeffer): el Dios que se revela en Jesús, es “lo opuesto de todo lo que el hombre religioso espera de Dios”. Cuesta tragarlo pero es así. Porque en Jesucristo Dios no se ha revelado como “todopoderoso” sino como aquél que, en su relación con nosotros, renuncia a su poder para identificarse con la debilidad que somos y con las víctimas que producimos. Un Dios inútil como objeto de consumo pero buena noticia como horizonte y fuerza de vida.

Desde aquí puedo decirte que no te preocupes si no puedes creer: conozco muchas gentes como tú. Pero los cristianos proclamamos eso de “la comunión de los santos” que significa que todo lo de Dios es común y que, por eso, es tarea nuestra creer por (y para) los que no creen y esperar por (y para) los que no esperan, si vosotros intentáis amar incluso a los que no aman.

Quizá puedas entender ahora por qué hace ya muchos años, en uno de mis primeros escritos, comenté unos versos de Atahualpa Yupanki que dicen. “hay cosas en este mundo – más importantes que Dios – que un hombre no escupa sangre –pa que otros vivan mejor”. Y los comenté de esta manera: para quien cree en Jesús no es el ser humano quien dicta esta estrofa; es Dios mismo quien nos hace saber que, para Él, hay cosas más importantes que el que los hombres se ocupe de Dios, a saber: que no tengan unos que escupir sangre para que otros puedan vivir mejor (quizá también más piadosamente). Eso mismo, con otras palabras, podrás encontrarlo en textos de hace muchos siglos, como la primera carta del apóstol Juan, y varias páginas de san Agustín.

Luego de esto hemos de ser perdonados de muchas incoherencias, bien lo sabemos. Un saludo y gracias por haber devuelto dignidad al tema.

Artículo Pilar Rahola: http://www.lavanguardia.es/opinion/articulos/20110424/54145205643/dios-y-sus-cosas.html

Dios y sus cosas. Pilar Rahola.

Va por ellos, gentes que cuando rezan, aman, y amando dotan de luz los rincones más sombríos.

 

Dios y sus cosas, o más bien las cosas de aquellos que creen en Dios. En días como hoy, y más allá de gozar del tiempo festivo robado a la agenda, siempre recalo en la idea de la trascendencia divina. Y no tanto como una interrogación personal, porque hace años que descarté llenar con respuestas prefabricadas mis preguntas más hirientes. Prefiero militar en la duda, esa duda que aterriza en los miedos y en las soledades y que no da opción a ningún bálsamo. Ciertamente, como he escrito en alguna otra ocasión, creer en Dios significa vivir y morir más acompañado. No es mi caso, porque, aunque me esforzara en aceptar algún tipo de dogma, siempre sabría que me estoy haciendo trampas al solitario. Los habitantes de la duda permanente nos llevamos mal con la fe y con sus intangibles. Pero con independencia de la actitud personal hacia el concepto de Dios, estos días me parecen especialmente bellos para los que gozan de una fe sincera. Gentes que han construido grandes edificios de buenas acciones, porque creer los ha hecho más nobles y más humanos. Gentes que cuando rezan, aman, y amando dan algo de luz a los rincones sombríos del mundo. Va para ellos este artículo, cuya incapacidad para entender a Dios no lo inutiliza para entender a los creyentes. Hace tiempo leí una reflexión de Bertrand Russell que me pareció sublime: “Si Dios existe, no será tan vanidoso como para castigar a quienes no creen en él”. Toda idea de la trascendencia espiritual reconvertida en tortura, dolor, infierno y cualquier sentido de culpa me parece tan tortuosa como incomprensible.

 

No puedo entender de ningún modo ese tipo de fe que concibe un Dios castigador y punitivo, sin otra piedad que la exigencia de su dominio. Y reconozco que no me gusta la exhibición de martirio de los pasos de Semana Santa, quizás porque prefiero el Dios que renace el domingo que el que muere el viernes. La vida sobre la muerte. Pero con el Dios de las monjas de mi infancia, que enseñaba a amar al prójimo y dibujaba con renglones caritativos las líneas de la vida, con ese Dios me tuteo sin creer. Porque es la fuente de inspiración de gentes extraordinarias. Va por todos ellos. Los que creen en los dioses de la vida y no en los de la muerte. Los que aprenden a entender a los demás, cuando aprenden a creer. Los que buscan respuestas sin imponer dogmas.

 

Los que conciben sus creencias como una fuente de tolerancia. Los que ayudan a su prójimo porque lo conciben como su hermano. Los que gracias a Dios encuentran tiempo para construirse interiormente. Los que buscan dotar de trascendencia su paso por el mundo. Los que entienden que creer en Dios es creer en la ciencia. Los que tienen respuestas pero siguen haciéndose preguntas. Los que rezan porque aman. Para todos ellos, los creyentes del Dios del amor, feliz domingo de Resurrección.