Cuentos


Un ateo cayó por un precipicio y, mientras rodaba hacia abajo, pudo agarrarse a una rama de un pequeño árbol, quedando suspendido a trescientos metros de las rocas del fondo, pero sabiendo que no podría aguantar mucho tiempo en aquella situación.
Entonces tuvo una idea: «¡Dios!», gritó con todas sus fuerzas.
Pero sólo le respondió el silencio.
«¡Dios!», volvió a gritar. «¡Si existes, sálvame, y te prometo que creeré en ti y enseñaré a otros a creer!»
¡Más silencio! Pero, de pronto, una poderosa Voz, que hizo que retumbara todo el cañón, casi le hace soltar la rama del susto:
«Eso es lo que dicen todos cuando están en apuros».
«¡No, Dios, no!», gritó el hombre, ahora un poco más esperanzado. «¡Yo no soy como los demás! ¿Por qué había de serlo, si ya he empezado a creer al haber oído por mí mismo tu Voz? ¿O es que no lo ves?
Ahora todo lo que tienes que hacer es salvarme, y yo proclamaré tu nombre hasta los confines de la tierra!»
«De acuerdo», dijo la Voz, «te salvaré.
¡Suelta esa rama!».
«¿Soltar la rama?», gimió el pobre hombre. «Crees que estoy loco?»

Moraleja: Se dice que, cuando Moisés alzó su cayado sobre el Mar Rojo, no se produjo el esperado milagro. Sólo cuando el primer israelita se lanzó al mar, retrocedieron las olas y se dividieron las aguas, dejando expedito el paso a los judíos.

Anthony de Mello
La Oración de la Rana.

En una ocasión el Maestro propuso a sus discípulos la siguiente parábola: “Dos hombres subieron una vez al templo a orar. El primero llevaba un traje corriente, unos vaqueros y un jersey y pasada, en consecuencia, desapercibido. El segundo llevaba largas vestiduras, recibía reverencias a su paso y le reservaban siempre los primeros puestos en los banquetes.

El primero era conocido simplemente por su nombre de pila. El segundo usaba títulos cortesanos: excelentísimo, reverendísimo, su eminencia… Uno se acercaba a los pobres, compartía su vida con ellos, los consolaba en sus angustias y los socorría en sus necesidades. El segundo, aunque dirigía sociedades que se ocupaban de los pobres, los conocía únicamente de lejos, por informes o estadísticas.

El primero tenía escaso poder y una pequeña zona de influencia. No más que la de quien se desenvuelve en medios cercanos a las ONGs voluntaristas y pobres de recursos. El segundo controlaba numerosas instituciones y entre ellas poseía una emisora de radio con la que allegaba dinero y poder gracias a agentes que prodigaban el insulto, el menosprecio y la crispación.

En el frontispicio del templo podía leerse la siguiente divisa: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios es socorrer a los huérfanos y las viudas en sus necesidades y no mancharse las manos con este mundo”. Era una cita sacada de la Carta de Santiago.

Pues bien; llegaron, como queda dicho, los dos hombres a la puerta del templo. Unos guardianes cuidaban de que no entrasen quienes públicamente sostenían actitudes contrarias a la divisa mencionada, aconsejando en su caso a quien lo hiciera que volviera por sus pasos, se acercara a los pobres y lavara sus manos del contagio de los modos de este mundo. Después podía volver al templo y presentar entonces sus ofrendas.

En el caso que relatamos ¿a cuál de los dos hombres os parece que los guardianes dejaron entrar y a cuál despidieron?”. Los discípulos contestaron: “Sin duda admitieron al primero e invitaron al segundo a convertirse y volver después de haberse purificado”.
El Maestro los miró con ternura, asombrándose a la vez de su ingenuidad. Pensó que esos seguidores suyos, gente sencilla y sin doblez, aún no eran capaces de entender que las organizaciones de este mundo, a poco que se descuiden –y siempre se descuidan-, acaban haciendo lo contrario de lo que está en sus textos fundacionales. Por eso quiso advertirles para evitar que entraran en crisis cuando lo descubrieran. Así pues, se apresuró a decirles: “Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. No tenéis que fiaros porque llega un tiempo en que os excluirán de las sinagogas e incluso llega la hora en que el que os hará morir pensará que está haciendo un servicio a Dios”.

Los discípulos pensaron que su Maestro exageraba y que, si bien el mundo era malo y con relaciones de dominio, ellos vivirían en una comunidad santa en la que no podían pasar esas cosas. Ya había dejado él bien claro que el sábado era para el hombre y no el hombre para el sábado y les había asegurado que la verdad que de él habían aprendido les haría libres. Ya no podían caer de nuevo en la esclavitud de los ritos y las formas sino que vivirían en espíritu y verdad. El Maestro, que adivinaba sus pensamientos pero conocía a fondo de qué barro están hechos los hombres, no quiso insistir. Sólo le pareció necesario dejarles un consejo o una norma que les acompañase en todas las situaciones y especialmente en las adversas: “Velad y orad para no caer en la tentación”.

Carlos F. Barberá 

Un niño dijo:
- “Dios, habla conmigo”. Y una alondra del campo cantó, pero el niño no la escuchó…

El niño exclamó:
- “Dios, háblame”. Y un trueno resonó por todo el cielo, pero el niño no lo escuchó…

El niño miró a su alrededor y dijo:
- “Dios déjame mirarte”. Y una estrella se iluminó radiante, pero el niño no se dio cuenta…

El niño gritó de nuevo:
- “Dios muéstrame un milagro”. Y una vida nació de un huevo, pero el niño no lo notó…

Y llorando desesperadamente el niño dijo:
- “Dios, tócame para saber que estás conmigo”. Y Dios se inclinó y tocó al niño, pero este se sacudió la mariposa…

Y es que muchas veces las cosas que pasamos por alto, son aquellas que hemos estado buscando.

¿Alguna vez te has sentado por allí y de repente sientes deseos de hacer algo agradable por alguien a quien le tienes cariño? Ese es Dios que te habla.

¿Alguna vez te has sentido derrotado y nadie parece estar alrededor tuyo para hablarte? Ese es Dios que quiere hablar contigo.

¿Alguna vez has recibido algo maravilloso que ni siquiera pediste? Ese es Dios que conoce los secretos de tu corazón.

¿Alguna vez has estado en una situación problemática y no tenías indicios de cómo se iba a solucionar y de pronto todo queda resuelto sin darte cuenta? Ese es Dios que toma nuestros problemas en sus manos y les da solución.

¿Alguna vez has sentido una inmensa tristeza en el alma y al día siguiente todo ha pasado? Ese es Dios que te dio un abrazo de consuelo y te dijo palabras dulces.

¿Alguna vez te has sentido tan cansado de todo, al grado de querer morir y de pronto un día sientes que tienes la fuerza suficiente para continuar? Ese es Dios que te cargó en sus brazos para darte descanso.

¿Alguna vez has sentido que tienes tantos problemas que las cosas ya se están saliendo de su cauce y de pronto un día todo está resuelto? Ese es Dios que tomó todas las cosas y las puso en su lugar.

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The potter. mov

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Un día zarpó un barco hacia alta mar, se trataba de un viaje de 50
días. En aquel barco iban 20 hombres y entre ellos se encontraba un
fiel cristiano de quien todos en la tripulación se burlaban por sus
férreas convicciones.

Una noche estalló el cuarto de máquinas y se hundió el barco,
sobreviviendo únicamente el fiel cristiano al naufragio. Aquel
hombre ahora se encontraba solo en una pequeña isla desierta. Estaba
orando fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara. Todos los
días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.

Ya cansado de esperar, empezó a construir una pequeña cabaña para
protegerse y proteger sus pocas posesiones. Un día se fue a pescar y
regreso corriendo al ver que se quemaba su choza y no pudo salvar
nada. Después de haber perdido todo, andubo vagando en la isla como
sonámbulo, ya sin esperanza. El náufrago estaba confundido y
enojado con Dios y llorando le decía: “¿Cómo pudiste hacerme
esto?”, y se quedó dormido sobre la hamaca.

A la mañana siguiente, muy temprano, escuchó asombrado la sirena de
un buque que se acercaba a la isla. ¡Venían a rescatarlo!.

Al llegar sus salvadores él les preguntó:
“¿Cómo sabían que yo estaba aquí?”.
Y ellos les respondieron:
“Vimos las señales de humo que nos hiciste…”

Había un hombre maduro llamado Juan. Un día me dijo que cargaba
consigo y mantenía en secreto una pesada carga, por un error que
había cometido cuando tenía 21 años. A nadie nunca se lo había
compartido, pero sus amigos más cercanos sabían que él se había
arrepentido. Aún así, él llevaba el gran peso de la falta de perdón
a sí mismo.

Su carga era pesada y vivía su falta, aunque en muchas ocasiones se
había enfrentado con las enseñanzas bíblicas sobre el perdón, el
arrepentimiento y la libertad que eso nos trae. Él lo sabía, pero
esa verdad no le era suficiente.

Una mujer anciana que él conocía, compartía en su iglesia sobre
algunas visiones donde Dios le hablaba directamente a ella. Algunos
escépticos de sus declaraciones, entre ellos Juan, le pidió lo
siguiente:
- La próxima vez que usted le hable a Dios, podría preguntarle,
¿cuál fue el error que yo cometí hace años?
- La anciana le dijo que con gusto lo haría.

Pasados los días la anciana se encontró con Juan y éste le preguntó:
- ¿La visitó Dios estos días pasados?
- Ella le dijo que sí.
- ¿Y usted le preguntó qué error había cometido yo?
- Sí, le dijo ella.
- ¿Y qué le contestó Dios?
Ella le respondió:
- Me dijo que no lo recordaba.

Una pareja de jóvenes tenía varios años de casados, sin poder tener
hijos. Para no sentirse solos, compraron un cachorro pastor alemán y
lo amaron como si fuera su propio hijo. El cachorro creció hasta
convertirse en un grande y hermoso pastor alemán. El perro salvó,
en más de una ocasión, a la pareja de ser atacada por ladrones.
Siempre fue muy fiel; quería y defendía a sus dueños contra
cualquier peligro.

Luego de siete años de tener al perro, la pareja logró tener el hijo
tan ansiado. La pareja estaba muy contenta con su nuevo hijo y
disminuyeron las atenciones que tenían con el perro. Este se sintió
relegado y comenzó a sentir celos del bebé. Ya no era el perro
cariñoso y fiel que tuvieron durante siete años.

Un día la pareja dejó al bebé durmiendo plácidamente en la cuna y
fueron a la terraza a preparar una carne asada. Pero cuál sería su
sorpresa cuando se dirigían al cuarto del bebé y vieron al perro en
el pasillo con la boca ensangrentada, moviéndoles la cola. El dueño
del perro pensó lo peor, sacó un arma que llevaba y en el acto mató
al perro, luego corrió al cuarto del bebé y encontró una gran
serpiente degollada.

El dueño comenzó a llorar y exclamó: ¡he matado a mi perro fiel!

Esta triste historia, refleja nuestra conducta humana; ¿Cuántas
veces nosotros nos hemos comportado como verdaderos animales?.
¿Cuántas veces nosotros hemos juzgado injustamente a las personas?.
Lo que es peor, las juzgamos y condenamos sin investigar a qué se
debe su comportamiento, cuáles son sus pensamientos y sentimientos.
Muchas veces las cosas no son tan malas como parecen, sino todo lo
contrario.

La próxima vez que te sientas tentado a juzgar y condenar a alguien,
recuerda la historia del perro fiel; así aprenderás a no levantar
falsos contra una persona, hasta el punto de dañar su imagen ante
los demás.

Una pareja de jóvenes tenía varios años de casados, sin poder tener
hijos. Para no sentirse solos, compraron un cachorro pastor alemán y
lo amaron como si fuera su propio hijo. El cachorro creció hasta
convertirse en un grande y hermoso pastor alemán.  El perro salvó,
en más de una ocasión, a la pareja de ser atacada por ladrones.
Siempre fue muy  fiel; quería y defendía a sus dueños contra
cualquier peligro.

Luego de siete años de tener al perro, la pareja logró tener el hijo
tan ansiado. La pareja estaba muy contenta con su nuevo hijo y
disminuyeron las atenciones que tenían con el perro. Este se sintió
relegado y comenzó a sentir celos del bebé.  Ya no era el perro
cariñoso y fiel que tuvieron durante siete años.

Un día la pareja dejó al bebé durmiendo plácidamente en la cuna y
fueron a la terraza a preparar una carne asada. Pero cuál sería su
sorpresa cuando se dirigían al cuarto del bebé y vieron al perro en
el pasillo con la boca ensangrentada, moviéndoles la cola. El dueño
del perro pensó lo peor, sacó un arma que llevaba y en el acto mató
al perro, luego corrió al cuarto del bebé y encontró una gran
serpiente degollada.

El dueño comenzó a llorar y exclamó: ¡he matado a mi perro fiel!

Esta triste historia, refleja nuestra conducta humana; ¿Cuántas
veces nosotros nos hemos comportado como verdaderos animales?.
¿Cuántas veces nosotros hemos juzgado injustamente a las personas?.
Lo que es peor, las juzgamos y condenamos sin investigar a qué se
debe su comportamiento, cuáles son sus pensamientos y sentimientos.
Muchas veces las cosas no son tan malas como parecen, sino todo lo
contrario.

La próxima vez que te sientas tentado a juzgar y condenar a alguien,
recuerda la historia del perro fiel; así aprenderás a no levantar
falsos contra una persona, hasta el punto de dañar su imagen ante
los demás.

El Maestro respondió y dijo: “Una vez vivía un pueblo en el lecho de un gran río cristalino. La corriente del río se deslizaba silenciosamente sobre todos sus habitantes: jóvenes y ancianos, ricos y pobres, buenos y malos, y la corriente seguía su camino, ajena a todo lo que no fuera su propia esencia de cristal.

Cada criatura se aferraba como podía a las ramitas y rocas del lecho del río, porque su modo de vida consistía en aferrarse y porque desde la cuna todos habían aprendidos a resistir la corriente.
Pero al fin una criatura dijo: ‘Estoy harta de asirme. Aunque no lo veo con mis ojos, confío en que la corriente sepa hacía donde va. Me soltaré y dejaré que me lleve adonde quiera. Si continúo inmovilizada, me moriré de hastío.’

Las otras criaturas rieron y exclamaron: ‘¡Necia! ¡Suéltate, y la corriente que veneras te arrojará, revolcada y hecha pedazos, contra las rocas, y morirás más rapidamente que de hastío!’
Pero la que había hablado en primer término no les hizo caso, y después de inhalar profundamente se soltó; inmediatamente la corriente la revolcó y la lanzó contra las rocas.

Más la criatura se empecinó en no volver a aferrarse, y entonces la corriente la alzó del fondo y ella no volvió a magullarse ni a lastimarse. Y las cristuras que se hallaban aguas abajo, que no la conocían, clamaron: ¡Ved un milagro! ¡Una criatura como nosotras, y sin embargo vuela! Ved al Mesías que ha venido a salvarnos a todas.

Y la que había sido arrastrado por la corriente respondió: ‘No soy más mesías que vosotras. El río se complace en alzarnos, con la condición de que nos atrevamos a soltarnos. Nuestra verdadera tarea es este viaje, esta aventura.’

Pero seguían gritando, aún más alto: ‘¡Salvador!’, sin dejar de aferrarse a las rocas. y cuando volvieron a levantar la vista, había desaparecido, y se quedaron solas, tejiendo leyendas acerca de un Salvador.”

ILUSIONES- Richard Bach.

Él  era un profesor comprometido y estricto, conocido también por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo.  Al terminar la clase de fin de año, mientras el maestro organizaba unos documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en forma desafiante le dijo:

-    Profesor, lo que me alegra de haber terminado la clase, es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de ver su cara aburrida.

El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado.  El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:

-    ¿Cuándo alguien te ofrece algo que no quieres, lo recibes?

El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta.

-    Por supuesto que no.  -Contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho-.

-    Bueno, -prosiguió el profesor- cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo “algo”.  En tu caso, es una emoción de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar.

-    No entiendo a qué se refiere. -dijo el alumno confundido-

-    Muy sencillo, -replicó el profesor- Tú me estás ofreciendo rabia y desprecio y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo. Y yo, mi amigo, en verdad, prefiero obsequiarme mi propia serenidad.

¡Muchacho!, -concluyó el profesor en tono gentil- La vida nos da la libertad de amargarnos o de ser felices.

Tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo , porque no me interesa.

Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mí depende lo que yo cargo en el mío.  Cada día, en todo momento, tú puedes escoger qué emociones o sentimientos quieres poner dentro de ti, y lo que elijas, lo tendrás hasta que decidas cambiarlo, porque es tan grande la libertad que nos da la vida, que hasta tenemos la opción de amargarnos o de ser felices.

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