No te pido que me cures:
sería ofensiva la demanda
que no puedes escuchar.
Lo que pido es que me salves,
que no me dejes para siempre
sometido a esta
muerte cotidiana.
Pido que la Nada no venza
y no vuelva yo a necesitar
encenderme de deseos,
y viva infeliz allí,
como ahora aquí
solo y alejado.
Tú sabes lo que me cuestas en remordimientos
y lo que te cuesto a ti por gracia:
que no se interrumpa la competición.
Yo, arrepintiéndome,
y tú, teniendo piedad de mí,
pues es necesidad para mí fallar
y para ti continuar perdiendo.
Así te pienso: un Dios
siempre expuesto a locuras,
a contentarse por cómo somos,
a perder siempre:
oh Luz incandescente
y piadosa.

(D.M. Turoldo, Canti ultimi)

Leído en Vivir contemplativamente.